Las uvas tienen diversas aplicaciones, además de servir para elaborar vino, jugos o para comer como fruta fresca. Durante años, han sido protagonistas de estudios sobre envejecimiento, salud cardiovascular y antioxidantes. Ahora una investigación sugiere que podría tener otro efecto inesperado. Tanto que su autor las llegó a considerar como un “superalimento para la piel”.

Un estudio realizado en la Western New Englnd University, de Springfield, de Massachusetts, afirma que el consumo regular de uvas puede modificar la actividad genética de la piel y reforzar mecanismos biológicos relacionados con la protección frente a la radiación ultravioleta, afirma Earth.com.

La investigación, dirigida por Juan M. Pezzuto, analizó cómo reacciona la piel después de incorporar diariamente el equivalente a tres porciones de uvas durante dos semanas. El resultado: cambios moleculares vinculados con una mayor resistencia al estrés oxidativo y una mejora en la función de la piel como barrera natural.

Estudios anteriores ya habían mostrado que ciertos compuestos vegetales ricos en antioxidantes ayudan a reducir el daño celular provocado por la radiación UV. Las uvas contienen cientos de fitonutrientes (polifenoles, flavonoides y resveratrol) capaces de actuar conjuntamente sobre distintos procesos biológicos. Pero la nueva investigación intentó ir más allá de los efectos superficiales y analizar qué sucede en el tejido cutáneo.

¿Cómo hicieron el experimento?

Para averiguar el efecto de las uvas en la piel, Pezzuto y su equipo reunieron a 29 voluntarios, quienes primero siguieron una dieta controlada durante dos semanas. Después consumieron diariamente polvo de uva liofilizada equivalente a tres porciones de uvas frescas. De esta manera, evaluaron la llamada “dosis mínima de eritema”, es decir, la cantidad de radiación UV necesaria para producir enrojecimiento visible en la piel.

El doctor Juan M. Pezzuto dirigió la investigación sobre las uvas y la piel en la Western New Englnd University. Foto: de la Universidad Western New England.

Además, realizaron biopsias cutáneas antes y después del experimento para estudiar cambios en la expresión genética. Aunque se recogieron más de cien muestras, muchas no superaron los controles técnicos de secuenciación genética, por lo que los análisis detallados terminaron basándose únicamente en datos completos de cuatro mujeres que participaban del experimento. Pese a esa limitación, los investigadores detectaron señales llamativas.

Uno de los indicadores más importantes fue la reducción de malondialdehído, una molécula asociada al estrés oxidativo y al daño de membranas celulares causado por los UV, lo que sugiere un menor deterioro celular tras la exposición al sol.

También observaron cambios en genes relacionados con la queratina, esencial para formar la capa protectora externa de la piel. Según los autores del estudio, esto podría significar que las uvas ayudan a fortalecer la barrera cutánea natural frente a agresiones ambientales como la radiación UV, la contaminación o la deshidratación.

En algunos participantes aparecieron además modificaciones asociadas al metabolismo lipídico, incluyendo un aumento de ácidos grasos insaturados vinculados con una mejor función de barrera e inflamación reducida. Otros mostraron mayor actividad de genes antioxidantes y proteínas antimicrobianas que participan en la defensa inmunológica de la piel.

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que cada persona respondió de manera diferente. Los investigadores creen que parte de esta variabilidad podría explicarse por el microbioma intestinal. Estudios previos del mismo grupo habían mostrado que las uvas alteran la composición bacteriana del intestino, y que esas bacterias producen metabolitos que podrían influir en órganos distantes, como la piel.

El consumo habitual de uvas podría ayudarnos a protegernos de los rayos UV del sol. Foto: Shutterstock.

Pezzuto llegó incluso a afirmar que las uvas actúan como un “superalimento” capaz de inducir respuestas genéticas beneficiosas. La afirmación ha generado bastante escepticismo entre sus colegas debido al reducido tamaño de la muestra. También ha influido en esa visión el origen de la financiación del estudio: la California Table Grape Commission, una organización vinculada a la industria vitivinícola y la agricultura.