Hace pocos días entramos en una hermosa librería con mi esposa. Las librerías hermosas tienen un imán particular, aunque confieso que me resulta difícil no encontrar hermosas a la mayoría de las librerías. O por lo menos darles la chance de que se manifieste su encanto, que todas lo tienen. Aun las que tienen dueños cascarrabias, que a la vuelta de las cosas terminan siendo su atractivo.

Me gusta seguir a mi esposa a las librerías, verla recorrer las mesas, y sobre todo los anaqueles, ponerse en punta de pies para llegar al estante donde hallará el libro raro, escondido, polvoriento, o solamente fuera de la luz de la novedad, y que es justamente el que estaba buscando, o esperando a que se manifieste.

Como todos los lectores de un tiempo a esta parte, solemos comprar por internet, mi esposa más a menudo. Es metódica para elegir sus lecturas, y más aún para buscar los libros que desea, la mayoría de las veces alejados del foco de la prensa o la publicidad. Cuando busca un libro en las redes, sabe buscar y sabe comprar, con espíritu de cazador avezado. En eso consiste pescar en las redes.

No sucede los mismo en las librerías. Rara vez entramos con propósito de compra. Más bien lo contrario. Entramos como quien va de visita, o de cacería, o por juego o magia. No exactamente para perder el tiempo, tal vez sea para ganarlo.

Las mejores librerías tienen cierto talante de coleccionistas. A primera vista cualquiera podría confundirlo con espíritu de enciclopedia, pero no es así. La buena librería no intenta la completud. Del saber, de la edición, o del tema que fuere. Para eso están la Enciclopedia Británica y algunas bibliotecas pedantes, que terminan en la confusión de Babel, eso está escrito. Las librerías se forman sobre el arte de la selección. Aún las mega librerías, las que tienden a asimilarse a un supermercado del libro, si quieren sobrevivir en este mundo deberán tomar partido por un cariz, por una inclinación del gusto, que les servirá para tener y mostrar uno de los rostros múltiples y mutantes del libro.

Nótese que no digo una especialización de género. Que las hay, seguro, y bienvenidas. En pleno auge de las librerías uno sabía, o percibía, que entraba al reino del libro de viajes, o de la novela negra, o de la aventura, comic, historieta o como se llame. Pero aún en esos casos se agradece un sesgo, una manía o gusto semioculto, que se expresa en la selección del material que se exhibe y también del fondo editorial. Es algo que el lector avezado, o solamente viejo, percibe y aún olfatea.

De donde entrar a una librería se parece poco a una operación de compraventa de artículos en el comercio. Cuando entramos, la maquinaria del azar comienza su juego. Y nos prestamos a él. No es otro el propósito de deambular, fisgonear, ir tanteando por mesas y anaqueles. Allí es cuando la bendición de la literatura se abre y ofrece, no para proponernos adquirir un objeto, sino para tentar un camino nuevo, que habita en un libro.