Si alguien menciona a la Mona Lisa, todos sabemos de qué está hablando. Es prácticamente imposible escapar de ella. Está en tazas, remeras, imanes, posters, memes y souvenirs de cualquier rincón turístico del planeta.
Cada día, miles de personas se amontonan frente a ella en el Louvre para verla durante apenas dos segundos antes de que la multitud los empuje hacia la salida. Es el cuadro más visto del mundo y, para muchos, la primera imagen que viene a la cabeza cuando alguien menciona la palabra "arte". Pero no siempre fue así.
A principio del siglo XX, la Mona Lisa era una obra importante dentro de la colección del Louvre, pero estaba lejos de ocupar el lugar casi místico que tiene hoy. No era el principal atractivo del museo ni provocaba peregrinaciones internacionales.
Su transformación comenzó recién en 1911, cuando alguien decidió arrancarla de la pared y desaparecer con ella. El resultado fue tan inesperado que terminó convirtiéndola en una de las celebridades más destacadas de la historia.
Visitantes sacándole fotos a la Mona Lisa. Foto: REUTERS
La mañana del 22 de agosto de 1911, dos artistas que solían visitar el Louvre para copiar obras maestras y perfeccionar su técnica entraron al museo con una rutina bastante simple. Querían volver a trabajar frente a la Mona Lisa. Sin embargo, cuando llegaron al lugar donde normalmente se exhibía, la pared estaba vacía.
Al principio no pensaron demasiado en ello. Era habitual que algunas piezas fueran retiradas temporalmente para ser fotografiadas, restauradas o trasladadas dentro del museo. El Louvre estaba en constante movimiento y la ausencia de una obra no era necesariamente señal de alarma.
La preocupación apareció cuando los empleados comenzaron a buscar el cuadro detrás de escena y no lograron encontrarlo. Poco después, aparecieron abandonados -en una escalera interior- el marco y el cristal protector de la pintura.
El museo cerró inmediatamente sus puertas y comenzó una investigación que pronto se transformó en un escándalo nacional. Lo primero que descubrieron los investigadores fue que nadie sabía cuándo se había producido el robo, la desaparición había pasado inadvertida por más de veinticuatro horas.
La policía puso en marcha un operativo enorme. El caso quedó en manos de Alphonse Bertillon, quien era considerado uno de los mejores investigadores de Francia y se movilizaron decenas de detectives. Se revisaron huellas dactilares, se interrogó a los empleados y se analizaron todos los movimientos posibles dentro del museo.
Los investigadores habían dado con las huellas del responsable, pero aún así no pudieron atraparlo
Mientras la investigación avanzaba sin resultados, empezaron a aparecer sospechosos de todo tipo. Uno de ellos, fue el poeta Guillaume Apollinaire.
Su cercanía con ambientes bohemios y sus críticas a las instituciones culturales lo colocaron rápidamente bajo la lupa. Algunos, incluso, llegaron a creer que había organizado el robo como una provocación contra los museos tradicionales y el arte académico.
Después apareció el inesperado nombre de Pablo Picasso. Años antes, el pintor había estado involucrado en el robo de algunas piezas del propio Louvre.
Él las había utilizado como decoración en su taller y posteriormente terminaron en manos del propio Apollinaire. Cuando la policía lo llamó a declarar, Picasso se presentó completamente aterrado. Según los relatos de la época, colaboró en todo momento y llegó a quebrarse durante el interrogatorio. Finalmente quedó descartado.
El hueco que quedó en la pared del Museo del Louvre, donde se albergaba el cuadro. Foto: Wikipedia
Mientras detectives, periodistas y funcionarios buscaban culpables, la Mona Lisa comenzaba a convertirse en noticia.
Los diarios publicaban artículos todos los días. La desaparición ocupaba las portada de Francia y el resto del mundo. Algunos textos describían a la mujer retratada por Leonardo da Vinci como una figura misteriosa y casi sobrenatural. Otros hablaban de una sonrisa capaz de fascinar a cualquiera que la observara. Cada nueva publicación añadía una capa más al mito.
La situación tenía la particularidad de que casi nadie había visto la pintura. No existían las redes sociales, ni internet, ni los buscadores de imágenes. Mucha gente conocía la obra únicamente a través de fotografías impresas o descripciones periodísticas. La curiosidad no paraba de crecer.
Algunos fotografiaban los ganchos donde había estado colgada la obra. Otros permanecían varios minutos contemplando simplemente el vacío que había dejado atrás. El museo registró cifras récord de visitantes y la ausencia de la Mona Lisa empezó a generar más interés que su propia presencia.
La autora R. A. Scotti resumiría años después aquel fenómeno con una frase que probablemente explique mejor cualquier otra lo que sucedió: "la Mona Lisa salió del Louvre siendo una obra de arte y regresó convertida en un ícono".
El verdadero responsable llevaba una vida sorprendentemente tranquila
Se llamaba Vincenzo Peruggia y era un inmigrante italiano que había trabajado en el Louvre instalando cristales protectores para las obras. Conocía perfectamente el edificio, los accesos y las rutinas del personal. También conservaba el uniforme que utilizaban los empleados del museo. Una ventaja.
Vincenzo Peruggia, el inmigrante italiano que robó la Mona Lisa. Foto: Wikipedia
Su plan estuvo lejos de la sofisticación que suele asociarse con el llamado "robo del siglo". Un domingo ingresó al Louvre vestido como un trabajador más. Se escondió dentro de un armario y esperó pacientemente a que el museo quedara prácticamente vacío. Cuando llegó el momento, tomó la pintura, la envolvió en una bata blanca y caminó hacia una salida.
En un momento estuvo a punto de quedar atrapado porque la puerta por la que intentaba escapar estaba cerrada. Mientras trataba de desmontar el picaporte apareció el plomero que creyó estar ayudando a un empleado del museo con un problema técnico. Sin sospechar nada, lo dejó salir.
Peruggia abandonó el Louvre con la Mona Lisa bajo el brazo. Lo increíble es que la policía tenía el registro que había trabajado ahí y le tomaron las huellas digitales. Sin embargo, cometieron el error extraordinario de comparar únicamente las huellas de la mano derecha, cuando las encontradas en la escena del robo pertenecían a la izquierda.
Durante dos años la pintura permaneció escondida en su casa. Primero estuvo apoyada en distintas habitaciones y más tarde fue guardada en una valija con doble fondo. Mientras las autoridades revisaban trenes, barcos, autos y fronteras internacionales, la obra más buscada del planeta seguía a pocos kilómetros de donde había sido robada.
En 1913, Peruggia decidió completar lo que consideraba una misión patriótica. Convencido de que la pintura debía regresar a Italia, se puso en contacto con la Galería Uffizi de Florencia. Los especialistas aceptaron reunirse con él y comprobaron rápidamente que el cuadro era auténtico.
La reunión terminó con una llamada a la policía. Peruggia fue detenido y la Mona Lisa fue recuperada. Durante el juicio insistió en que había actuado por patriotismo. Creía que la obra había sido robada por Francia y que simplemente estaba estaba devolviéndola a su país de origen.
La Mona Lisa en la Galería Uffizi, Florencia, en 1913. Foto: Archivo
En realidad estaba equivocado. La pintura había llegado a territorio francés por voluntad del propio Leonardo da Vinci. Pero, para entonces, la discusión sobre la propiedad de la obra ya había quedado eclipsada por la historia que había conquistado el mundo.
Cuando la Mona Lisa regresó al Louvre, millones de personas ya conocían su nombre. Habían leído sobre ella, discutido sobre ella y seguido cada novedad del caso durante más de dos años. El robo la había convertido en tema de conversación internacional, en portada permanente y en objeto de fascinación colectiva.
Todavia no hay comentarios aprobados.