La psicóloga Erika Lunkenheimer, autora principal de un estudio científico publicado en la revista Child Development, analizó la conexión biológica entre el estilo de crianza agresivo con el desarrollo del sistema nervioso de los niños y su capacidad de autorregularse en situaciones de estrés en la adolescencia y adultez.
Lunkenheimer tiene un doctorado en psicología del desarrollo y es la directora asociada de la Red de Soluciones para el Maltrato Infantil (Child Maltreatment Solutions Network en inglés).
La Dra. Lunkenheimer dirige un programa de investigación centrado en los procesos familiares, tales como el estrés parental y los problemas de conducta infantil.
Uno de sus grandes objetivos es comprender cómo los patrones de interacción madre-hijo y padre-hijo actúan como procesos de riesgo y protección para la psicopatología del desarrollo, además de descubrir herramientas que podrían ayudar a adaptar y mejorar los programas de intervención preventiva para familias en riesgo.
Junto a la Universidad Estatal de Pensilvania, el equipo liderado por Lunkenheimer y Jianing Sun, estudió a 129 duplas de madre e hijo en dos momentos diferentes: a los tres y a los cuatro años de edad.
La estabilidad emocional de los padres y el "efecto de huida" ante el estrés
Durante el experimento se les dio a los niños un rompecabezas considerado bastante difícil para su edad y se le pidió de forma explícita a sus madres que solo les dieran indicaciones verbales breves, sin resolverlo por ellos ni interferir en el proceso.
Tanto los padres como los niños fueron equipados con sensores cardíacos y respiratorios, para medir la arritmia sinusal respiratoria (ASR), un indicador biológico ultrasensible que muestra cómo varía la frecuencia cardíaca con la respiración.
La ASR mide en tiempo real la actividad del sistema nervioso parasimpático, lo que se traduce como el "freno" que nuestro cuerpo utiliza para ralentizar el ritmo cardíaco y calmarnos cuando se activa la respuesta de lucha o huida en situaciones estresantes.
El estrés parental fue monitoreado durante el estudio. Foto Shutterstock
"Cuando nos encontramos en una situación difícil, la rama parasimpática del sistema nervioso autónomo, que controla la frecuencia cardíaca y la respiración, se modifica a medida que aumenta nuestra respuesta de lucha o huida para afrontar ese desafío", explicó Lunkenheimer.
"La RSA es una medida biológica sensible, rentable y no invasiva. Es relativamente fácil de registrar en el laboratorio mientras padres e hijos interactúan realizando tareas compartidas", agregó.
Luego de realizar seguimiento durante un año, los investigadores obtuvieron evidencia directa de cómo la estabilidad emocional de los padres calibraba el sistema nervioso en desarrollo de cada niño y cómo los métodos autoritarios perturbaban este delicado mecanismo de sincronización.
Al analizar datos de intervalos de 30 segundos, descubrieron una sorprendente sincronía: el estado del sistema nervioso de la madre en un intervalo puede predecir con precisión el estado fisiológico de su hijo en el siguiente.
Lunkenheimer indica que es muy probable que esta dependencia biológica disminuya a medida que el niño crece. "Entre los tres y los cuatro años, si el ambiente familiar es tranquilo y no abusivo, la influencia de la fisiología materna sobre el niño se debilita naturalmente", sostuvo.
El ambiente familiar y el estilo de crianza, factores claves de la investigación. Foto: ilustración Shutterstock.
En cambio, en familias donde los padres recurren a métodos severos, verbales o físicos, ocurre exactamente lo contrario. "En los padres más estrictos observamos un aumento en la regulación externa de la fisiología del niño", explicó Sun.
Los resultados sugieren que los niños sometidos a gritos y castigos físicos no desarrollan autonomía interna. A medida que crecen, se vuelven biológicamente más dependientes del estado de ánimo de sus padres para su regulación.
"Sin un ancla biológica estable y reconfortante en el hogar, su sistema nervioso no recibe la información necesaria para desarrollar mecanismos saludables de manejo del estrés", aseguraron los expertos.
"Los niños pequeños dependen de las respuestas de sus padres no solo para que se satisfagan sus necesidades, sino también para aprender ritmos adecuados que les permitan regular sus estados físicos y emocionales", afirmó Lunkenheimer.
"Las respuestas sensibles y consistentes de los padres fomentan la seguridad y la tranquilidad, lo que permite que el sistema nervioso del niño se calme, pero más allá del comportamiento parental, un estado físico más tranquilo y mejor regulado por parte de los padres durante la crianza también desempeña un papel fundamental, sentando las bases para que los niños regulen el estrés en su cuerpo a lo largo del tiempo", profundizó.
La "inercia cognitiva" y la resistencia al cambio
Lo que más preocupa a los psicólogos que realizaron la investigación es lo que denominan "inercia cognitiva" o "inercia psicológica". Se refiere al mecanismo que desarrollan los niños expuestos a entornos educativos agresivos, que muestran una marcada rigidez fisiológica y una tendencia a resistirse a cambiar sus patrones de pensamiento o modelos mentales arraigados.
"Una vez que su sistema de lucha o huida se activa ante la frustración de resolver acertijos, sus niveles de estrés permanecen extremadamente altos y tardan mucho más que sus compañeros en normalizarse", revelaron.
Ese sistema nervioso rígido y en constante alerta es el precursor biológico de futuros problemas de ansiedad, dificultades de adaptación escolar y trastornos de conducta en la adolescencia y la adultez.
Los investigadores también abordaron otro aspecto social crucial: la naturaleza intergeneracional del estrés. "Las madres que tienden a gritar o a usar las manos suelen ser las mismas que, a su vez, sufrieron abusos o una severidad excesiva durante su infancia", indican en el estudio.
La psicóloga Erika Lunkenheimer investiga los procesos regulatorios familiares. Foto: psych.la.psu.edu
Estos resultados validan en parte la teoría de larga data que postula que los padres actúan como los principales reguladores fisiológicos de sus hijos pequeños.
Indicaron también que los azotes o los gritos pueden alterar el patrón de dependencia en detrimento tanto del niño como de la madre, ya que el niño requiere más regulación externa, en lugar de menos, a medida que crece.
Se cree que la regulación fisiológica es bidireccional, donde padres e hijos influyen en los sistemas nerviosos del otro, pero los investigadores plantearon la hipótesis y confirmaron que el impacto de los padres en los hijos es más predominante durante la etapa preescolar.
El estudio avala la corregulación emocional entre padres e hijos. Foto: ilustración Shutterstock.
Los patrones de riesgo aumentaron exponencialmente si la mujer que fue madre se encuentra en una situación de vulnerabilidad, ya sea con dificultades económicas, conflictos familiares o problemas de salud mental, ya que el estrés en la edad adulta reactiva ese patrón biológico aprendido en la infancia.
"Los niños obtienen mejores resultados si los padres son sensibles y están atentos a sus necesidades, a la vez que mantienen la flexibilidad y la capacidad de autorregularse, lo cual puede ser realmente difícil; uno puede estar atento a su hijo, pero a veces tiene una rabieta enorme cuando uno ya de por sí ya se siente abrumado", reconoció la psicóloga.
"Ser padre o madre no es fácil, pero nuestro trabajo sugiere que si te tomas un momento para autorregularte, aunque solo sea para respirar profundamente tres veces antes de responder a tu hij, estás haciendo algo inmenso por su sistema nervioso: le estás proporcionando el modelo biológico que necesita para que en el futuro aprenda a calmarse por sí mismo", concluyó Lunkenheimer.
Aunque el campo de investigación sobre la crianza, desde una perspectiva psicológica y científica, está bajo constante revisión, este estudio resalta que la estabilidad emocional de los padres puede ayudar regular el sistema nervioso en desarrollo del niño, y los métodos autoritarios hacen que los niños pierdan autonomía y sean más dependientes de los progenitores en el futuro.
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