Buenos Aires es una ciudad repleta de pequeños cafés. A mí, cubano al fin, me invitan a tomar un café cada vez que me encuentro con amigos y colegas: algo de latte, capuchino, moca, con leche de almendras o algo así, y yo siempre pido un café chiquito y fuerte. ¿Italiano?, me pregunta el camarero, y tengo que especificarle la diferencia entre el ristretto y el café a la cubana.

Recuerdo un café en Villa Crespo donde yo acudía a dar talleres: allí había una gran pintura de una mujer rubia, yo estaba convencido de que era la canciller alemana Ángela Merkel hasta que me dijeron que no, que se trataba de un óleo de María Elena Walsh. Era curioso decir “nos vemos en el Merkel”, pero qué hermoso decir, en cambio, “nos encontramos debajo de la gran María Elena Walsh”.

Además de esos establecimientos gastronómicos, la ciudad tiene lugares pequeños donde crece el arte nuevo. Obras que con un poco de suerte terminarán llenando las galerías más importantes de la ciudad. Habitamos la noche para que la noche nos habite a nosotros. Se me acaba de ocurrir esta frase que trata de explicar cómo nos fascina ese arte que aún no cuelga en las paredes de la clase rica, ni de la media sino que diseminado en pequeñas galerías de Villa Crespo, Palermo, San Telmo, Chacarita, Microcentro o Barrrancas de Belgrano nos llama de una manera casi secreta. Arte para acceder tocando timbre: “Voy al piso tal”, le dices al portero. Y uno se adentra en el departamento y allí cuelgan obras de artistas diversos y originales.

Hace poco fuimos a una de esas galerías, situada muy cerca de la avenida Corrientes, en un edificio ornado y bello. Desde el balcón veíamos el Colón y a los transeúntes que apenas simulaban insectos. Las obras enmarcadas en la pared eran dibujos de la artista Guadalupe Silva. Las figuras de tales cuadros, mujeres mitológicas en exóticos paisajes, estaban dotados de una extraña belleza. A menudo la esencia del arte y la literatura está en lo mínimo y muchas veces eso mínimo te dice más de una ciudad que lo grandioso, lo que resalta por su tamaño o por su fama.

En fin, el café se puede beber casi donde quiera, en la propia casa, en un tren abandonado, en una plaza desierta o en el mar (siempre que no haya demasiado oleaje) y hasta en aviones. Al arte le pasa lo mismo, basta un pequeño espacio para abrir una galería o una librería y es casi una ecuación, una ley secreta: las ciudades que atesoran propuestas artísticas y literarias también tendrán sus sitios secretos, sus alephs donde lo universal se vuelve minimalista.

Tales espacios contribuyen a tornar mágica una ciudad hechizada de por sí. Recorrer Buenos Aires, perderse en sus calles, en sus rincones más diversos, siempre es un motivo para la sorpresa. Siempre hay una nueva experiencia esperándonos. Porque, más allá de su arquitectura, lo que hace bella a una ciudad es la gente que la habita, gente que te brinda su sonrisa, su café y su arte.