Por Roberto Bisang, Santiago Felici, y Eduardo Trigo.
La Segunda Revolución de las Pampas reubicó a Argentina en el contexto internacional y abrió las puertas para revitalizar el modelo de desarrollo argentino; después se sumarían Vaca Muerta y la Minería. Fue el reingreso de Argentina a las grandes ligas.
En ese contexto y durante décadas, la discusión sobre el agro argentino estuvo dominada por variables relativamente tradicionales: producción de granos, exportaciones, precios internacionales y generación de divisas. Aún en el éxito, parte de la sociedad lo percibió como un problema y no como oportunidad. Mas recientemente, comenzó a ser visualizado como parte central de la solución: la consolidación de una nueva economía basada en el aprovechamiento integral de los recursos biológicos renovables. Esa transformación tiene un nombre cada vez más relevante en el mundo: Bioeconomía.
Pero jugar en las grandes ligas requiere jugadores de élite, altura innovativa, densidad económica y espíritu de equipo. ¿Los tiene Argentina? O ¿estamos condenados a depender del clima y de productores con poco espíritu innovador?
Los extraordinarios cambios tecnológicos y organizacionales operados en el campo, quizás, opacaron un hecho promisoriamente fundamental: la aparición de un renovado perfil empresario como legado del agro extra large. Silenciosamente, con anclaje territorial en el interior profundo, no sin sobresaltos, creciente inserción internacional y marcado profesionalismo se ha ido desarrollando un prometedor ecosistema agrobioempresarial. Un trabajo de reciente aparición hace una semblanza de los “nuevos vecinos del campo” (ver https://ojs.economicas.uba.ar/DT-IIEP/issue/view/576)
Es un campo ampliado -apodado la bioeconomía- donde el valor ya no surge únicamente de la extracción o exportación de materias primas, sino de la capacidad de agregar conocimiento, innovación y procesamiento tecnológico sobre recursos biológicos renovables.
El primer indicio de la vitalidad de este nuevo empresariado surge de los rankings de ventas o exportaciones, donde irrumpen impensados “agrobioindustriales”. Y lo hacen más allá de los alimentos incorporando múltiples tipos de bioenergías, servicios especializados y promisorios biomateriales. Indicios sólidos de la emergencia de la nueva empresa agrobioindustrial. Replicando la multiplicidad de ecosistemas naturales de Argentina, abrevan de distintas trayectorias.
Los hay provenientes de inversiones externas, desprendimientos de actividades comerciales y reconversiones manufactureras de los años 90; todos desarrolladores de territorios nuevos-Las Lajitas, Virasoro, el Valle Medio-, modelos de negocios y actividades -desde el maní al pistacho sin olvidar los caballos de polo-.
Otra vertiente deviene de la red agropecuaria: pooles de siembra, insumeros y prestadores de servicios que despliegan inversiones en incipientes actividades industriales; se suman emprendimientos locales agregando valor a los granos vía su transformación en pollos, cerdos, bovinos; en un paso más allá sus posteriores industrializaciones intentan valorizar todos los desechos posibles. Y en el camino, le cambian la vida a pueblos del interior.
No faltan al equipo, renovadas cooperativas que además del valor reivindicatorio del mutuo, inteligentemente agregan capacidades industriales. Finalmente, un conjunto de iniciativas de redes de empresas que se coordinan para competir desafiando -con éxito- la vieja idea del individualismo agropecuario. Y como todo proceso de cambio, tiene matices, velocidades y senderos diferentes con las consabidas tensiones … aclaremos: tensiones propias del crecimiento.
No se trata solamente de productores agropecuarios tradicionales, sino de organizaciones que integran agricultura, industria, biotecnología, plataformas digitales, logística, energía y servicios tecnológicos. Son empresas que operan como redes complejas de transformación biológica y generación de conocimiento.
La agricultura moderna pasa a convertirse en una “gestión integral de la fotosíntesis” y la industria se modela a partir del “cracking de la biomasa” valorizando múltiples subproductos y desechos, tal como plantea el documento. La expresión resume el enorme salto tecnológico del sector: genética avanzada, inteligencia artificial, automatización, microbiología, edición génica y sistemas de datos comienzan a ocupar un lugar central en la competitividad.
Para el ingreso a las grandes ligas, “la base está” y ¡hay equipo! incluso con un banco de suplentes de agtechs y jóvenes practicantes de inteligencia artificial y edición génica.
Este cambio obliga a repensar profundamente las políticas públicas. La Argentina posee recursos naturales excepcionales, capacidades científicas relevantes y empresarios innovadores que lograron desarrollarse incluso en contextos macroeconómicos adversos. El gran desafío pendiente es consensuar una hoja de ruta público-privada estable y coordinada que permita transformar esas capacidades iniciales en una estrategia nacional de bioeconomía y desarrollo sostenible de largo plazo.
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