La luz es amplia y larga en el inminente verano de Madrid, como lo ha sido la luminosa sombra de Borges desde junio de 1986. Borges regresa a su "España de los patios, / España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios". Su figura sigue agigantándose y su letra permanece igual de diminuta, si no más. En la aireada y cristalina Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías, ubicada en el Parque del Retiro, se inauguró hoy la muestra de manuscritos Borges. Años de esplendor literario, y que se podrá visitar hasta el 9 de julio.
La muestra Años de esplendor literario se presentó en tándem con un libro, Borges, la colección, de Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, que incluye, además de fotografías, tapas de libros y documentos, los manuscritos expuestos. Foto: gentileza.
El autor de El Aleph trabajó en una biblioteca pública y municipal en el barrio de Boedo, en Buenos Aires, con menos árboles alrededor pero copiosa madera en sus salas interiores. Entre 1936 y 1947 urdió casi a escondidas, en ese sitio más bien propicio para secretos, innumerables escritos propios.
La Biblioteca Trías está a pasos de las decenas de casetas al aire libre, alineadas y enfrentadas, que componen la Feria del Libro de Madrid, y justamente la muestra Años de esplendor literario se presentó en tándem con un libro, Borges, la colección, de Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, que incluye, además de fotografías, tapas de libros y documentos, los manuscritos expuestos.
Pronunciaron algunas palabras los autores, Álvaro Vargas Llosa, la curadora Evangelina Nuño y funcionarios.
La muestra Años de esplendor literario se presentó en tándem con un libro, Borges, la colección, de Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, que incluye, además de fotografías, tapas de libros y documentos, los manuscritos expuestos. Foto: Luis Horcajada, gentileza.
Inconfundible caligrafía
La voz de Borges –talismán para tantos lectores– tiene muchas manifestaciones posibles. Una de ellas es su inconfundible caligrafía de espía judaico. La inverosimilitud –en todo sentido– de la escritura de Borges, cada letra separada y soberana en su segundo eternizado, es por sí sola una experiencia inmersiva, sin necesidad de efectos lumínicos ni trucos digitales. Una letra delineada, de insecto aristocrático, con interlineados mínimos, que incluso podía retener con un plumín el triple de grueso.
La muestra Años de esplendor literario se presentó en tándem con un libro, Borges, la colección, de Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, que incluye, además de fotografías, tapas de libros y documentos, los manuscritos expuestos. Foto: Luis Horcajada, gentileza.
Al igual que su estilo, con rasgos rápidamente identificables, como esa T siempre mayúscula, no importa en qué parte de una palabra se coloque. Como dice en "El Zahir" –uno de los cuentos en las vitrinas– acerca de una libra esterlina: "Después la dibujé con un lápiz".
Las copias de alta calidad alcanzan una creíble impronta artesanal; Pierre Menard sigue haciendo de las suyas, pero la letra sigue ahí, despierta, invitante, intacta. Varios de estos ológrafos reproducidos y exhibidos no deben ser las primeras versiones de estos cuentos y ensayos; los delata la firma después del punto final. Son demasiado nítidos para el método que inventó Borges de reunir y montar materiales y fuentes de lo más diversos.
El manuscrito de "El inmortal" está impoluto, muy probablemente para que ya lo compusieran los tipógrafos de la imprenta. El aspecto es casi pictórico, muy distinto de los manuscritos de trabajo. Imposible no contrastar esa prosa de miniaturista maniático con la fragilidad de las ediciones que casi siempre lo representaron.
Ante estos documentos se vuelve más claro que lo suyo era una especie de midrash privado, interpretaciones de interpretaciones de textos ajenos y propios. En Borges una lectura provocaba una trama, un argumento, una hipótesis; lo embarcaba en un esoterismo detectivesco que terminaba siendo un cuento con aspecto de ensayo o al revés.
Esa fue su táctica: la lectura cooptada, canibalizada para la escritura. El primer resplandor se daba en la página final de cada libro, en las anotaciones y reenvíos a tal página y tal otra.
Los argentinos Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, junto a Álvaro Vargas Llosa y la delegada de Cultura, Turismo y Deporte de Madrid, Marta Rivera de la Cruz. Foto: gentileza.
Si bien algún manuscrito parece alla prima, debió basarse en apuntes previos y a los borradores primeros y provisorios –seguro completamente anegados de flechas y remisiones cruzadas– los debe haber descartado.
Una palabra fetiche
De todas formas, acá también pueden apreciarse algunas interpolaciones, llaves con tres alternativas de continuidad (este sistema lo ilustra bien su ensayo sobre "Las 'kenningar'"), o la inversión en el orden de adjetivo y sustantivo. Puede evaluarse algún breve menú de sinónimos y sus resonancias opcionales. En un manuscrito se recorta mejor una palabra fetiche: aberración, amonedar, traidor.
En el ológrafo de "La muerte y la brújula" cualquier curioso puede asomarse a las opciones que Borges se planteaba y a la elegida: "eterno/infinito/interminable olor de los eucaliptos" y "remota/lejana/distante escena del crimen". En "Tres versiones de Judas" parece susurrar una autorreferencia indirecta e irónica cuando revalúa entre "obró en enorme/inmensa/gigantesca humildad".
La muestra Años de esplendor literario se presentó en tándem con un libro, Borges, la colección, de Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, que incluye, además de fotografías, tapas de libros y documentos, los manuscritos expuestos. Foto: gentileza.
Hoy y en retrospectiva, impacta más la letra de Borges cuando se recuerda que la ceguera total –ya en la década del 50– lo obligó a pasar a la pura oralidad, al dictado. Claramente, que su mejor obra haya sido escrita a mano tiene relación directa con la posibilidad de visualizar el espacio total de un escrito, eventuales saltos y sinapsis. Sólo así podía evaluar el plantado, la puesta en página, las conexiones y ecos, la temblorosa telaraña en cuadernos escolares o contables.
Años de esplendor literario expone los manuscritos de "Las ruinas circulares", "La lotería en Babilonia", "La forma de la espada", "Tema del traidor y del héroe" (texto en el que, aludiendo a Chesterton, habla de sus "elegantes misterios", definición que le cabe perfectamente a Borges).
Cuantas menos posibilidades existan de que nazcan otros Borges, y cuanto menos se escriba a mano y se tenga contacto con la materia primigenia y el instrumento leal, más se mitificarán este tipo de manuscritos.
La muestra Años de esplendor literario se presentó en tándem con un libro, Borges, la colección, de Alejandro G. Roemmers y Alejandro Vaccaro, que incluye, además de fotografías, tapas de libros y documentos, los manuscritos expuestos. Foto: gentileza.
Esa letra infinitesimal que contrae el mundo y hace desaparecer el contexto, esta caligrafía tallada al milímetro, de pronto reaparece como su obra más visible, desarma al lector y espectador de inmediato y desarticula el pretexto de la dificultad. El encuentro con la letra de Borges es siempre un sismo, un recomienzo, y el acercamiento más íntimo que pueda darse con su voz.
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