Recuerdo la primera vez que leí a Borges. “El cautivo” integraba una antología de cuentos casera, que la profesora de castellano de segundo año –escuela industrial de San Miguel– había armado para sus alumnos difíciles en el arte de la lectura. Un cuento breve cuyo comienzo retorna en loop: “En Junín o Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón…” Volví allí muchas veces. Lo releí en libro y recordé como tantas voces que quedan grabadas en la memoria gracias a cierta sensorialidad: el papel impreso tiene secretos guardados que se activan en cada relectura y nos devuelven el contexto y las formas que tenía ese “yo” de aquellos años.

Afiche sobre Borges en la Feria del Libro de Frankfurt 2010.

En estos días se cumplen 40 años de la muerte de Borges y esa evocación del mejor escritor me vuelve a los viejos ejemplares de Emecé que aún conservan aroma y textura de otros tiempos, esos en los que sin ser mejores, estaban anclados en imágenes firmes y constatables. Hoy preferimos, en muchos casos, consciente e inconscientemente, delegar gran parte de nuestras acciones y emociones en la consulta al smartphone. Decenas de veces al día, y casi sin saberlo, nos sometemos al juicio de una IA, que también nos avisa de cuántas horas por día dependemos de ese accesorio vital. Guardamos allí cada vez más apps: desde el desbloqueo facial hasta las de plataformas, bancos, billeteras, mapas, servicios de horarios de colectivos, gps, y, por supuesto, redes sociales.

Hemos depositado gran parte de nuestras tomas de decisiones en distintas IA, incluso las que tienen que ver con nuestras intimidades y con las que rigen el destino individual y el compartido. El resultado está emergiendo de modo temerario: este solucionismo tecnológico está aquí y vino para darnos respuestas que tienen un costo altísimo, como si fuera un pacto con el diablo. Resultado: la pérdida de atención y de concentración atraviesa a casi todas las generaciones.

Un grupo de modelos consulta sus smartphones antes de salir a la pasarela. Semana de la Moda de China Primavera-Verano 2026, en Pekín, China, en 2025. (Foto AP/Andy Wong)

“La atención no es meramente una conveniencia psicológica; es una función biológica. La neurociencia la define como el proceso mediante el cual el cerebro selecciona, prioriza y mantiene la concentración en una fracción de la información de la que dispone. En todo momento, estamos inmersos en una tormenta de señales, pero solo unas pocas llegarán a nuestra conciencia”, escribe con pesar Jacques Attali.

Una nueva posibilidad tecnológica nos ofrece y nos derrite, la de ordenar todos nuestros archivos informáticos, textos, fotos y videos repetidos, que ocupan espacio innecesariamente. Le firmamos todo para que tengamos esa biblioteca invisible. Ordenada. Hay una letra chica que apenas susurra este killer que acabamos de contratar: la IA se va a atrever no solo a eliminar aquellos archivos repetidos (no sabe que conservamos porque sí, porque nos gusta), también va a decidir eliminar textos y fotos que por falta de uso considere innecesarios.

Interior de la Biblioteca Nacional de los Países Bajos. Foto: National Library of the Netherlands

En “El cautivo” el regreso al hogar, después de haber estado viviendo en las tolderías pampeanas varios años, dispara inmediatamente las reminiscencias más primarias, esas que persistían en su casa familiar todavía en pie. La memoria no puede ser delegada, los recuerdos no pueden ser ordenados en orden alfabético o por el peso en gigas. Si fuera así, ese “cautivo” no hubiera encontrado el “cuchillito de mango de asta” que cortaba su historia.