Diego Vecchio. Autor de Microbios, Osos y La extinción de las especies.

Cuando pienso en Borges, pienso en la palabra camello. Porque, en el Corán, libro árabe por excelencia, según una observación de Gibbon, escribe Borges, no habría camellos. ¿Cómo que en el Corán no hay camellos? En el Corán, por supuesto, hay camellos, una larga fila de camellos. Hay camellos en la sura VI, “Sobre el ganado”. También en la sura VII, “El purgatorio”: “En verdad, para los que han tratado nuestros signos de mentiras y los han desdeñado; no se abrirán las puertas del cielo; no entrarán en mi jardín hasta que un camello pase por el ojo de una aguja”. Y en la sura XVII, “El viaje nocturno” y en muchas otras. Edward Gibbon, por otro lado, nunca escribió que en el Corán no hay camellos. “Mahoma, que era aficionado a la leche, prefiere la vaca y no hace mención del camello”, observa Gibbon, en una nota a pie de página de la Historia de la decadencia y caída del imperio romano. Que Borges deje al Corán sin camellos, no tiene la menor importancia. Gracia a este error, Borges concibe una literatura como antídoto perfecto a los venenos de las estereotipos y las identidades, una literatura liberada de los centros, las tradiciones y las fronteras nacionales, una literatura menor.

Roberto Chuit Roganovich. Premio Clarín Novela 2024 con Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores.

Estoy frente a un espejo y me miro. Están ahí los ojos que también me miran y que sospecho, todavía, son los míos. Están mi cuello y mis hombros. Mi panza. Levanto una mano y toco el azogue. La punta del dedo tibio toca apenas la punta del otro dedo, más frío. Pienso en eso que está del otro lado: la duplicación perfecta, gentil. No me importaría ser el sueño de alguien. Me importaría sí, una cárcel pulida, en donde solo pueda replicar hasta el fin de los tiempos cada gesto y mueca, cada uno de mis pelos, casi infinitos. Qué animal es ese detrás del espejo. Cuánto puede ser que me odie en silencio; cuánto quisiera salir de ahí para darme la muerte, para hacernos la guerra a todos con quienes comparto especie. No me interesaría ser el sueño de alguien. Puedo vivir así, en una especie de vigilia falsa y controlada. No quisiera, sin embargo, que “en el fondo del espejo perciba una línea muy tenue y que el color de esa línea sea un color no parecido a ningún otro; (...) que las otras formas vayan despertando, que gradualmente difieran de nosotros, que dejen de imitarnos, que rompan las barreras de vidrio o de metal , y que esta vez no sean vencidas.”

Diego Muzzio. Narrador. Las esferas invisibles, El intercesor y El ojo de Goliat.

Me preguntan qué es lo primero que pienso, recuerdo o siento cuando escucho la palabra Borges. Pienso en Literatura, con mayúscula. Recuerdo mi asombro, mi fascinación, cuando leí por primera vez los cuentos de El Aleph, de Ficciones, de Historia universal de la infamia. Siento una inmensa gratitud, como lector y también como escritor. En gran medida, Borges guió mis lecturas juveniles. Y siento la felicidad de saber que puedo estirar mi mano hacia la biblioteca y agarrar cualquiera de sus libros, abrirlo al azar y volver a maravillarme otra vez. Pienso, a veces, en su postura política reaccionaria, y también en la honestidad intelectual que lo llevó a admitir (pocos lo hacen) que se había equivocado. Pienso en la curiosidad intelectual de ese hombre que, en la vejez, emprendió el estudio de una lengua antigua. Recuerdo algunos de sus poemas, que hace mucho aprendí de memoria, y que todavía recito para mí. Siento, pero ya lo he dicho, una inmensa gratitud. Sobre todo como lector.