El gran sociólogo y filósofo francés recientemente fallecido, Edgar Morin, escribió un librito muy denso con el significativo título: “La fraternidad, ¿por qué? Resistir a la crueldad del mundo”.

En sus reflexiones observa cómo en la tríada democrática “libertad, igualdad, fraternidad” es este último término el que debe prevalecer en este dramático tiempo de crisis. Su diagnóstico revela cómo la “comunidad de destino terrestre” que involucra a todos los seres humanos necesita hoy más que nunca aquel “sentimiento profundo de una maternidad común” que nutre la fraternidad.

Esto debe impulsarnos a dar vida a concretos “oasis de fraternidad”. Morin observa agudamente: “En cada país existe un surgimiento de iniciativas privadas, personales, comunitarias y asociativas que hacen germinar aquí y allá los comienzos de una civilización orientada al florecimiento personal en la inserción comunitaria, emergiendo como oasis no propiamente en el desierto, sino en la selva”. La creación de estos oasis de fraternidad es, para el filósofo francés, el camino adecuado para crear un humanismo renovado. ¿Qué quiere decir Morin cuando habla de un “humanismo renovado”?

Él mismo afirma: “El humanismo renovado no se limita al reconocimiento de la igualdad de derechos y de la plena humanidad de toda persona. Comporta también la conciencia de la inseparabilidad de la unidad y de la diversidad humana. Comporta la conciencia de la responsabilidad humana hacia la naturaleza viviente de nuestra Tierra. Significa la conciencia de la comunidad de destino de todos los humanos, impulsada cada vez más por el proceso desencadenado de la mundialización”.

La fraternidad funciona así como un medio para resistir a la crueldad del mundo. La conciencia de formar parte de un destino común une estas afirmaciones de Morin, de alguna manera, a las del Papa Francisco, quien en la encíclica “Fratelli tutti” afirma: “Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”.

Y luego retumban las palabras pronunciadas el 27 de marzo de 2020 durante la pandemia del Covid-19 sobre la pertenencia a la única y común familia humana: “En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca. Este desengaño que deja atrás los grandes valores fraternos lleva a una especie de cinismo”.

Las palabras de un gran laico se encuentran y se completan con las reflexiones del pontífice argentino. Hoy, en un tiempo de conflictos y de guerras, la fraternidad es el camino seguro —aún lleno de obstáculos, pero cierto— para que la paz se pueda afincar en la conciencia de los pueblos.

En la misma línea, el Papa León afirma: “Estamos llamados a fomentar una cultura de reconciliación capaz de superar la globalización de la impotencia, que nos tienta a creer que una era libre de conflictos es inalcanzable”.